
No soy el maestro más experimentado, ni tampoco el más capacitado, así que no estoy para dar lecciones a nadie; debe tomarse más bien como la necesidad de un profe de educación física del montón que ejerce de manera eventual en una escuela corriente, por liberar la emoción contenida en el último día de trabajo.
Cualquiera que haya ejercido esta maravillosa profesión durante el periodo de pandemia, sabe lo difícil que ha sido y está siendo, lidiar con una enfermedad desconocida, con informaciones contradictorias, en un entorno lleno de restricciones y protocolos “imposibles”, con el único objetivo de permitir una educación presencial segura y responsable. Para todos ha sido extremadamente complicado, me consta, pero para los profes de #edufis esto ha sido el “¡más difícil todavía!”. Las limitaciones superaban con creces las posibilidades, y aún con todo esto, muchos de ellos y ellas, han sabido reinventarse creando escenarios propios de películas de cine, a través de los cuales han permitido que su alumnado evolucione y se desarrolle de manera equilibrada, cuando las circunstancias y el entorno insisto, sugerían todo lo contrario.
Una de las preguntas que me hice al comienzo de este curso fue: ¿Seré capaz de ofrecer una formación de calidad que, se ajuste a legislación vigente atendiendo a todas las limitaciones y restricciones, “con la que está cayendo”?
El desconcierto, y por qué no decirlo, temor y tensión inicial ante el desconocimiento de lo que pudiera pasar, quedan a un lado cuando observas cada día, cómo los más pequeños te dan una lección de comportamiento y saber estar. Lo que comento es un síntoma generalizado, no digo nada nuevo. Cuando hablas con colegas de profesión, todos manifiestan el mismo sentir: “los niños/as han estado muy por encima de lo esperado, enseñándonos casi tanto (a veces más), como aprendiendo”.
Dicho esto, algunas veces tienes además, la suerte de “caer” en un centro donde los profesionales que lo conforman te facilitan enormemente tu trabajo. Equipo directivo comprometido cuidando cada detalle y siempre receptivos ante cualquier sugerencia; especialistas súper profesionales brindándote la posibilidad de trabajar de manera coordinada aprendiendo de ellos/as; compañeras/os de nivel que te transmiten todo su conocimiento para que puedas atender cada caso con las mayores garantías, y compañeros de #edufis con suficientes años de experiencia y calidad humana como para escribir varias enciclopedias. Eso es exactamente lo que lleva pasándome desde que tengo la suerte de formar parte de esta profesión.
Este curso además, lo mencionado hasta el momento se ha multiplicado por mil, y es aquí donde quería llegar. Pienso que, y esto es más bien una reflexión personal en voz alta, el haber compartido este delicado momento, en el que la inseguridad que representa tener incrustada en la cabeza la pregunta “¿Estaré haciendo bien las cosas?”, y el aprendizaje de nuevas rutinas, acciones y protocolos de manera inmediata para los que nadie estaba preparado, ha estrechado más si cabe, los vínculos entre profesionales de la enseñanza en general, y entre los que conforman cada centro en particular.
El aprovechar cada segundo disponible para comentar impresiones por los pasillos, en los patios y recreos, en las reuniones de coordinación y/o evaluación (presenciales o por videoconferencia), a la salida del colegio y en los aparcamientos, a través de las redes sociales, etc., y compartir experiencias que están funcionando en cada caso, y que de seguro nos abren a los demás nuevas posibilidades en la propia materia/área, es algo para reflexionar, alegrarse, y sacar pecho; es el momento de agradecer y así lo hago, el esfuerzo, trabajo, tenacidad, compromiso, compañerismo, generosidad y un largo etcétera, de tantísimos super héroes, en la mayoría de casos anónimos, que se dedican a “crear singulares y maravillosos espacios de aprendizaje”, a pesar de las circunstancias, o sobre todo por ellas.
Mi agradecimiento es doble porque aun me quedan los grandes protagonistas de este momento, y a buen seguro todos sabéis en quienes estoy pensando…, por supuesto que sí! Los niños y niñas que con su espontaneidad y sencillez, relativizan este complicado momento, dándonos un ejemplo de actualización impropio de su edad. No solo asumen e interiorizan de manera inmediata la extraordinaria situación y la retahíla de nuevas normas y reglas que no todos entienden, sino que se convierten en transmisores y cuidadores de que se cumplan a rajatabla entre su grupo de iguales. Es para estremecerse de la emoción, no creéis lo mismo?
Lo que no llevan tan bien es el distanciamiento forzoso con sus amigos/as y compañeros/as de aula; ese momento en el que unían sus manos para entrar juntos cada día a clase; esa mano en el hombro para contarle algo al oído; ese corrillo en el que todos aupaban al compañero/a que se había caído; ese abrazo sincero con el que mutuamente se reconfortaban; esa caricia que ayudaba al amigo triste a recomponerse; esos juegos de patio en los que la cadena (unión de manos) era cada vez más grande; todo eso y más, no consiguen asimilarlo; y no lo consiguen porque es antinatural, y porque nosotros los adultos tampoco lo asimilamos, y porque tampoco somos capaces de darles una respuesta razonable. Lo acatamos…lo acatan, y nada más. También les pedimos que resetearan sus cerebros, y donde les dijimos que compartir era algo importante, y ayudar a los demás lo más bonito del mundo, ahora les decimos que cada uno traiga lo suyo porque no podrá prestar a nadie, ni que le sea prestado, y que lo de ayudar está difícil, por no decir imposible, si eso implica romper la distancia social.
Pues bien, si después de todo esto y de otras tantas cosas más que se os ocurren en este momento y que suceden cada día en cada centro escolar, no es para aplaudir a todos nuestr@s niñ@s hasta que nos duelan las manos, ya me contaréis cuando lo es. Yo me quito el sombrero, la visera o lo que sea.
Termino ya con una experiencia muy personal. El título del post ya ofrecía alguna pista sobre lo que podía esconder su interior. Lo dejé a propósito para el final, porque de haber sido al contrario, las lágrimas y la emoción no me hubiesen permitido seguir.
Es de todos conocido que la mayor parte de los docentes que comienzan su andadura en esta difícil y apasionante profesión, tienen que correr de un centro a otro hasta que, por méritos propios, por circunstancias del destino, o por ambas cosas, se asientan en un lugar fijo para desempeñar su labor profesional de la mejor manera posible. El caso de los interinos es el primero de ellos: estar pendiente de las listas de sustituciones para intentar aprovechar cualquier posibilidad, y demostrar la propia valía. La incertidumbre es múltiple, y a bote pronto se me ocurren 3 cuestiones: por un lado el tiempo limitado para ejercer; por otro el de “conectar” con el resto del claustro en tiempo record y sacar el mayor provecho, y que solo será posible a través de una buena comunicación interprofesional; por último y más difícil, trasladar nuestras mejores intenciones, basándonos en experiencias y teorías de otros que saben mucho más, a la práctica docente, intentando que nuestros alumnos las reciban con entusiasmo, y además favorezcan su desarrollo.
Difícil objetivo ¿verdad? Pues ahí va la inesperada respuesta…NO, o al menos no tanto. Recuerden que hablo desde la propia experiencia y que no estoy para dar lecciones a nadie; es una reflexión y vivencia personal, nada más. Cuando digo que no es tan difícil lo hago por alguna buena razón, y eso es exactamente lo que voy a explicar.
Ya mencioné que uno de los retos es el de “conectar” con el resto del claustro. En mi caso he tenido la suerte de encontrarme con extraordinarias personas , dotadas de una sensibilidad y capacidad para empatizar sin parangón. Gracias a ellas, me he sentido parte de la comunidad desde el primer día, me he sentido respetado, valorado y querido a partes iguales, y eso apreciad@s lectores y compañer@s “no se paga con dinero”.
Otra de las cuestiones que mencioné fue la incertidumbre por la aceptación que pudieran tener las actividades planteadas, y su contribución real al desarrollo de los alumnos. Creerme si en este momento tengo ya un nudo en la garganta. Cuando un alumno/a (recordemos que son niñ@s en el más amplio sentido de la palabra), te dice a quemarropa cosas como: “En tus clases soy muy feliz”; “Ojalá fueras mi profe toda mi vida”; “Me ha gustado todo lo que hemos hecho contigo”; “Nunca antes me había gustado la educación física, pero desde que viniste me encanta”; “Te voy a echar muchísimo de menos (con los ojos empañados de lágrimas)”; hay que ser muy fuerte para no romper en llanto, aún sabiendo que sus sentimientos y emociones son exagerados, aunque también tremendamente sinceros, y que desde luego no eres objetivamente el mejor profe del mundo, y que el profe de educación física que llegue después, y el siguiente, y el siguiente, y el…, despertarán los mismos sentimientos, porque tenemos la suerte de impartir la mejor asignatura del mundo. Volviendo al inicio, debo decir que aunque haga el mayor de los esfuerzos, no soy tan fuerte; se me quiebra la voz cada vez que me enfrento a una despedida, y se me humedecen los ojos sin que pueda evitarlo. Menos mal que este año la famosa mascarilla permite salvaguardar parte del decoro.
Este curso además hay otras circunstancias que lo hacen especial: niños que esperan a la salida de clase para darme papelitos doblados y escritos con manos temblorosas en las que me cuentan sus emociones; alumnos que me piden por favor que haga asamblea en círculo el último día de mi clase porque quieren que yo conozca de primera mano cómo se sienten; pequeños que plasman toda su creatividad en un folio en el que me representan y se representan a ellos mismos, con amplias sonrisas disfrutando de la clase; complots para que al grito de “ahora”, me rodeen y me den un inesperado abrazo grupal, dejándome una sensación de profunda gratitud hacia ellos; gratitud por haber formado parte de sus vidas; gratitud por recibir muchísimo más de lo que di; gratitud por tener la posibilidad de ejercer esta profesión.
La tarea que al principio se presentaba como titánica finalmente no lo fue tanto, gracias a todas las personas y personitas que contribuyeron precisamente a que “no fuera tan difícil”. Y si no lo fue para mí, es muy probable que tampoco lo sea para vosotr@s, sobre todo si tenéis la suerte de que tod@s ell@s se crucen en vuestro camino. Estoy convencido de que tenemos el trabajo más emocionante del mundo, capaz de gratificarte incluso cuando “pintan bastos”. Yo no pienso perderme la próxima aventura, allí donde me lleve el destino, y aprovecharé cada oportunidad para “fabricar” nuevos recuerdos que permanezcan para siempre en mi memoria.
Tu también piensas lo mismo verdad, querid@ amig@ interin@? Pues adelante, la oportunidad está a punto de llamar a la puerta. ¡¡Aprovéchala!!








